Arte en las esquinas, en las plazas, en los parques. Reproducciones de las grandes obras maestras del arte universal callejeando por la Ciudad Colonial y por Santiago. No se ve todos los días.
Y además, la Fundación León Jimenes y la Fundación Amigos del Museo del Prado muestran piezas de sus propias colecciones de arte contemporánea (fotografía y grabado) en el Centro Cultural Banreservas, Centro Cultural de España y Centro Cultural Taíno.
Entrevista a tres voces, con Nuria de Miguel, secretaria general de la Fundación Amigos del Museo del Prado; Inés Cobo, conservadora de las Ediciones de Arte Contemporáneo de dicha fundación; y Alfonso Palacio, director adjunto de Conservación e Investigación del Museo del Prado.
—¿Por qué salir a la calle?
AP. Porque somos un museo cada vez más social y queremos que, a través de este mecanismo de democratización y popularización de la cultura, un mayor número de personas entren en contacto con nuestras colecciones. Es una manera de acercarlas a ese público potencial que puede ser un público real en el futuro.
Es una manera de democratizar y popularizar la institución.
—¿Exactamente qué quiere decir “más social”?
AP. Los museos son estructuras bastante complejas que tienen diferentes funciones. Un museo es una estructura de conservación, de investigación, de educación, de comunicación, etc. Pero sobre todo es una estructura visitada. Y el Prado ha visto que ese giro hacia el visitante es fundamental.
Hacer que esa maquinaria se proyecte también a lograr una visita más acogedora, colocar al visitante potencial o real en el centro de nuestros intereses.
—En una entrevista Salman Rushdie decía que cuando visitó el Prado le bastó con ir a tres salas. Las pinturas negras de Goya, El Bosco y Las Meninas. ¿Se podría resumir así?
NdM. Cada uno tiene su Prado, ¡hay muchos Prados! Aconsejo siempre que vengan a ver cosas concretas y que vengan muchas veces. Por ejemplo, cada vez vienen más familias y niños. Los padres se vuelcan con los niños y quieren invitarlos al Prado enseguida.
Y yo les digo, “llevadlos al parque del Retiro, lo van a pasar mejor. Pero si los traes al Prado, traedlos a ver algo concreto que les divierta y luego los invitáis a merendar. Que ellos asocien cosas gratificantes con la cultura”.
—¿Cómo se explica a un niño una obra de arte?
IC. El museo hace muchísima actividad didáctica para niños. Nosotros en la Fundación también. He asistido a muchos talleres y sé lo que significa para esos niños conocer el museo desde una manera lúdica. Están conociendo cosas que van a quedar toda la vida en su retina, en su interior.

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— ¿Cuánto tiempo tiene que pasar para que una obra merezca entrar al Prado?
IC. Precisamente el Museo del Prado tiene esa parte maravillosa que es que cuando los artistas actuales van al Prado? siguen dialogando con él. Siguen teniendo esa visión de que los antiguos maestros no son antiguos, son actuales porque siguen bebiendo de ellos.
Y eso me parece que es la manera de que el arte continúe. El arte no tiene edad, es una manera en la que todo sigue vivo.
—¿Cuál es la obra del Prado más “joven”?
AP. Es una obra de María Blanchard que se decidió comprar tanto por su calidad como porque el Prado en los últimos años ha generado núcleos de colección y uno muy importante es el arte realizado por mujeres. Quizás María Blanchard es la artista española más importante del primer cuarto del siglo XX.
Además está montada en un sitio muy estratégico porque es la última sala que se visita, como ya de salida, es el vínculo con el futuro. Podemos decir que los años 20 del siglo pasado es nuestro límite. A partir de ahí entra el museo Reina Sofía.
—Tres fotógrafos dominicanos han completado La Residencia..
AP. Se han ganado estar en el Prado, sí. Son ya patrimonio del museo e irán saliendo en determinados momentos, cuando toque, cuando concuerden con lo que se está haciendo. Se utilizan mucho ese tipo de obras en el contexto de actividades educativas.
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El arte y el tiempo
—Una banana pegada con tape, un tiburón metido en formol. ¿Hace falta escandalizar para prosperar en el arte?
AP. Son dos obras ciertamente diferentes. La de Damien Hirsch tiene una profundidad conceptual que no tiene la de Maurizio Catella. El título de la obra de Hirsch era La imposibilidad física de la muerte en la mente de algo vivo. Ahí hay, había, una pregunta filosófica que no estaba mal.
La de Mauricio Catella, la banana, forma parte de esa vertiente dentro de la creación contemporánea más ligada a una cierta cultura del espectáculo. Y muy alimentada también por los medios de comunicación.
Me hace gracia que cuando los medios de comunicación tratan la feria de arte contemporáneo ARCO lo hacen desde una frivolidad realmente espantosa, como dando a entender que todo lo que hay allí es una fruslería.

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—¿Envejecen bien esas obras?
AP. Hay una parte del arte que se ha deslizado por la pendiente de esa sociedad del espectáculo, signo de nuestros tiempos. Inflamarla o desactivarla está en la mano de algunos críticos e historiadores del arte.
Pero el arte tiene una cosa maravillosa, y es el tiempo. El paso del tiempo pone a todo el mundo en su sitio.
En un momento dado, el Armory Show, una exposición en Nueva York de 1913, fue considerado para muchos una gran tomadura de pelo. El tiempo ha demostrado que es uno de los gestos artísticos más radicales que ha habido en la historia del arte.
—Hablamos de exposiciones y gestos que tienen más de un siglo… como el urinario de Marcel Duchamp
AP. El urinario de Duchamp tiene diferentes valores que lo posicionan como una gran obra de arte. Primero, su título es Fuente. Y una fuente trabaja con un operativo totalmente contrario al del urinario porque emite agua, ahí hay un juego interesante.
Y en segundo lugar, lo que Duchamp hizo fue plantear por qué un objeto manufacturado, un ready-made, algo ya hecho, no podía tener un estatuto artístico en su belleza, en su acabado. Es un giro muy, muy importante que alimenta todas las poéticas conceptuales que vienen a continuación.
Un museo acorde a los tiempos
—El Prado se mueve muy bien en redes sociales.
NdeM. El Museo tiene un departamento de comunicación fantástico. Apostaron fuerte por las redes cuando los museos no lo hacían. Y tiene los máximos seguidores en todas las redes. Tenemos una ventaja enorme: el idioma español. El segundo país que más sigue las redes es México.
AP. Se hace de una manera fresca, ágil. Hay una poética de la proximidad, de dar los contenidos en su justa medida, sin devaluarlos pero sin magnificarlos.
Yo creo que se ha encontrado el tono. Ha quitado muchos miedos, ha atraído a mucha gente joven. En el proceso de democratizar, de socializar, las redes están aportando mucho.
IC. Además, algo que es muy importante en redes sociales: también fueron capaces de crearnos hábitos.
Es decir, a las diez menos diez siempre hay una conexión, porque diez minutos antes de que se abra el museo, un jefe de colección, un conservador, un educador o alguien de fuera, explica durante diez o doce minutos una obra.
Se genera una rutina de los hábitos que hace que la gente esté muy pendiente. Yo creo que la gente está viendo que un museo es mucho más que una pared con unos cuadros.

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Amigos
—La Asociación de Amigos nació en los años 80 como una suerte de mecenazgo. ¿En ese momento el Prado tenía problemas económicos?
NdeM. El museo necesitaba una muleta. Era 1980, Franco se había muerto en el 75 y era un momento muy efervescente en el sentido social. La gente quería hacer cosas, participar, asociarse por primera vez.
Entonces una serie de personas de toda España, profesores, políticos, empresarios, se unieron con la idea de ayudar. Habían visto este tipo de asociaciones en Francia, en Estados Unidos, y era un momento muy difícil en el museo.
—¿Era una institución avejentada?
NdeM. El museo de los 80 era un museo bastante desastroso en el sentido de que, por ejemplo, no tenía presupuesto propio. Era un museo que dependía del Estado al 100 %. Lo que generaba se lo llevaba Hacienda y después Hacienda repartía. Trabajaban apenas dos conservadores, no había departamento de educación.
¡Estaba todo por hacer! El primer mérito es que la Fundación había salido de la sociedad. Se aportó el primer capital, el primer trabajo voluntario, se creó el Patronato, y poquito a poco, creció. Los primeros fueron 300, ahora somos 50,000 “amigos”.
AP. Creo que la Fundación de Amigos del Museo del Prado? es uno de los grandes logros, de las grandes cimas, que ha alcanzado la sociedad civil en España.
—¿Cómo se han seleccionado las obras que han venido a las calles en Santiago y Santo Domingo?
NdeM. En la selección de las reproducciones de obras del Prado? ha intervenido más el Centro León, porque ha querido hacer esa parte más popular, más social? y relacionarlas con los lugares donde las han colgado, lo que me ha parecido un acierto tremendo.
—¿Y para las obras de la colección de la Fundación cuál ha sido el criterio para elegirlas?
NdeM. A lo largo de casi 36 años hemos ido invitando a artistas contemporáneos a que vinieran al Prado a inspirarse. Hicimos tres ediciones en tres momentos diferentes. En el año 91, en el 2007 y en el 2018. Invitando a 36 artistas que realizaron 98 obras.
Todo lo que está expuesto en estos cuatro centros es esa colección, esas visiones del arte contemporáneo sobre el Prado? Con artistas que van desde el más mayor, de la generación del 27 del siglo pasado, que era Ramón Gaya, hasta las más jóvenes, nacidas en los años 70.
—Y Chema Madoz, García Alix, Ouka Lele, García Rodero…
NdeM. Todo esto surgió a través de una invitación a dar una charla de artistas como Barceló, Chillida, Alfaro, etcétera. Vienen al Prado a hablar de lo que para ellos significa el museo.
Unas generaciones de los años 60 y para ellos el Prado, como expresó Gaya, era su patria, era su faro cuando estaban en el exilio.
Recoge cómo ha mirado cada uno al Prado. Y lo que es muy bonito también de este proyecto, La Residencia, es cómo es la mirada en la otra orilla, desde otro continente, porque al final ellos tienen otro lenguaje.
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