Las cancillerías del mundo reaccionan con gestos de alarma, notas medidas y frases cuidadosamente equilibradas ante la acción militar de los Estados Unidos en Venezuela, que culminó con la captura y traslado del presidente Nicolás Maduro a territorio estadounidense para ser procesado por cargos de narco-terrorismo.

El tono general es de inquietud, como si se hubiera cruzado una línea inédita en el orden internacional. Sin embargo, la verdad es otra: no ha ocurrido nada nuevo. Lo que ha cambiado no es la sustancia del poder, sino la pérdida del pudor con que antes se ejercía.

Las grandes potencias siempre han actuado en función de zonas de influencia. Es la regla histórica del sistema internacional, no la excepción. Estados Unidos en el hemisferio occidental, Rusia en su periferia euroasiática, China en Asia oriental. Durante décadas se disfrazó esta realidad con el lenguaje del derecho internacional, las resoluciones multilaterales y la diplomacia ceremonial. Hoy, ese velo se está rasgando.

La operación ordenada por el Presidente Donald Trump no se presenta como invasión ni como guerra clásica. Se formula como acción defensiva y penal, orientada contra un régimen que —según Washington— ha dejado de ser un Estado funcional para convertirse en una plataforma criminal transnacional.

El desplazamiento conceptual es decisivo: Venezuela deja de ser tratada como un problema político y pasa a ser abordada como una amenaza de seguridad. Ese encuadre no es accidental; es la clave que permite actuar sin declarar guerra y sin pedir autorización internacional.

Europa reacciona con ambigüedad calculada. Italia, a través de una nota de Palazzo Chigi atribuida a Giorgia Meloni, sostiene que la acción militar externa no es el camino para terminar con regímenes totalitarios, pero al mismo tiempo considera legítimo un intervento di natura difensiva frente a ataques híbridos a la seguridad, incluidos aquellos vinculados al narcotráfico promovido por entidades estatales. La fórmula es clara: no se celebra la fuerza, pero tampoco se la condena cuando sirve al orden estratégico.

Francia va más lejos. El apoyo de Emmanuel Macron es directo y sin reservas. París no siente la necesidad de cubrirse con matices históricos ni con advertencias retóricas. Asume que el mundo ha entrado en una fase donde la seguridad precede a la liturgia jurídica.

En América Latina, la reacción es distinta, pero no por ignorancia sino por memoria. El presidente de Chile, Gabriel Boric, socialista y proveniente de una izquierda post-Guerra Fría, llama dictador a Maduro sin ambigüedades. Ese gesto no es menor: rompe el blindaje ideológico que durante años protegió al chavismo dentro de ciertos sectores progresistas.

Sin embargo, Boric advierte que la democracia no se construye por la fuerza ni la imposición externa. Su alarma no se dirige al diagnóstico —Maduro como dictador— sino al precedente del método. Chile no ha olvidado 1973, ni el peso histórico de las intervenciones extranjeras en la región.

Aquí aparece la fractura real de la izquierda contemporánea. Por un lado, una izquierda democrática que defiende derechos humanos, pluralismo y alternancia, y que ya no está dispuesta a justificar dictaduras “amigas”.

Por otro, una izquierda autoritaria que invoca la soberanía mientras vacía de contenido las elecciones y gobierna mediante represión y economías ilícitas. Venezuela ha quedado definitivamente fuera del primer campo.

El escándalo diplomático, sin embargo, no se explica solo por América Latina. El verdadero trasfondo es global. Vladimir Putin actúa sin complejos en su zona de influencia: Georgia, Crimea, Ucrania, África. Nadie se alarma realmente porque todos han asumido que Rusia se comporta así. Xi Jinping procede con mayor paciencia estratégica, pero con idéntica convicción sobre su esfera de poder. El Mar del Sur de China, Hong Kong y la presión creciente sobre Taiwán lo confirman.

El temor de Taiwán hoy no es solo China. Es la duda de si Estados Unidos estará dispuesto a pagar el costo de una defensa plena cuando llegue el momento. Afganistán, Ucrania y ahora Venezuela enseñan una lección incómoda: Washington actúa según cálculo estratégico, no por compromisos eternos. La protección no es gratuita ni incondicional.

Entonces, ¿por qué el ruido ahora? Porque el caso venezolano rompe la narrativa moral occidental. Durante años se sostuvo la ficción de que solo otros —Rusia, China— violaban las reglas, mientras Occidente defendía el orden liberal. La acción en Venezuela muestra que el poder sigue mandando, incluso cuando se expresa con lenguaje jurídico-securitario y no con tanques ocupando capitales.

Las cancillerías lo saben. Por eso miden cada palabra. No es confusión ni incoherencia. Es hipocresía funcional: condenar en abstracto la fuerza mientras se acepta en concreto su resultado. El derecho internacional sigue existiendo, pero subordinado a la correlación de fuerzas.

Lo ocurrido en Venezuela no inaugura una era nueva. Cierra una vieja mentira. Las zonas de influencia siempre existieron.

Las grandes potencias siempre intervinieron cuando consideraron que su seguridad estaba en juego. La diferencia es que hoy ya no sienten la necesidad de disimularlo del todo.

El mundo no es más peligroso que antes.

Es simplemente más sincero.

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