Aunque la mayoría de las personas reconoce que el cambio climático y la pérdida de biodiversidad son problemas reales, esa preocupación no siempre se traduce en acciones concretas ni en una valoración equilibrada de la naturaleza.

Investigaciones científicas y encuestas oficiales muestran que nuestra relación con el medio ambiente está mediada por sesgos cognitivos y respuestas emocionales que influyen en qué especies protegemos, qué amenazas consideramos urgentes para el medio ambiente y cuáles preferimos ignorar, incluso en la elaboración de la normas y aplicación de la ley.

La ciencia ha identificado múltiples comportamientos que ayudan a explicar esta relación. Algunos pueden agruparse en tres grandes bloques: aquellos que influyen en cómo percibimos la naturaleza, los que afectan nuestras respuestas emocionales frente a la crisis ambiental, y los que determinan cómo asignamos responsabilidades y soluciones.

Entre los ejemplos más estudiados se encuentran la ceguera botánica, el sesgo de carisma, la apatía climática, la disonancia ambiental, el optimismo tecnológico y la tragedia de los comunes, aunque la literatura científica reconoce que existen muchos otros conceptos que se pueden aplicar y que permiten comprender la complejidad de esta relación entre el ser humano y el medio ambiente.

A escala global, esta contradicción entre preocupación y acción ha sido medida con datos concretos. En 2021, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo coordinó la mayor encuesta mundial sobre percepción del cambio climático, aplicada en más de 70 países y presentada en 2022.

El estudio mostró que alrededor del 80 % de la población mundial quiere que los gobiernos adopten medidas más firmes frente al cambio climático, y que un 89 % considera necesario reforzar los compromisos climáticos nacionales, aunque ese consenso amplio no siempre se refleja en cambios individuales sostenidos. 

Cuando la naturaleza se vuelve invisible

Uno de los conceptos que ayuda a entender esta desconexión es la ceguera vegetal o botánica, un término propuesto a finales de la década de 1990 por los investigadores James Wandersee y Elisabeth Schussler. Describe la tendencia humana a la incapacidad de ver y/o de reconocer a las plantas del ambiente que nos rodea, así como al desinterés que muestran las personas hacia estos organismos.

En un país tropical como la República Dominicana, esta ceguera se manifiesta cuando bosques, manglares o praderas marinas son vistos como terrenos disponibles o espacios “vacíos”, y no como sistemas complejos que regulan el agua, protegen la costa y sostienen la biodiversidad.

La vegetación pasa a ser un obstáculo o un recurso a explotar, más que un componente vital del ecosistema. Es común que la gente vea el bosque seco como un “monte” sin importancia y que se puede talar para otro tipo de uso de suelo, usar la madera para hacer carbón o simplemente “limpiar” el terreno.

A esta invisibilización se suma el sesgo de carisma, ampliamente documentado en la biología de la conservación desde la década de 1990. Este sesgo explica por qué especies grandes, visibles o emocionalmente atractivas concentran atención pública y recursos.

En el contexto dominicano, animales como los manatíes, las tortugas marinas o los delfines despiertan empatía y movilizan campañas de protección, mientras que otras especies ecológicamente importantes —como los tiburones, arañas o las boas, frecuentemente asociadas al miedo o al rechazo— suelen percibirse como peligrosas o indeseables, y suelen ser eliminadas como un acto de valentía con aprobación social. Esta diferencia de percepción no responde a su valor ecológico, sino a construcciones culturales que terminan influyendo en qué especies se protegen y cuáles se toleran perder.

Otro filtro relevante es el efecto de distancia psicológica, desarrollado en la psicología ambiental durante la década de 2010.

Este concepto explica por qué las personas tienden a preocuparse menos por los problemas ambientales cuando los perciben como lejanos en el tiempo, el espacio o la responsabilidad directa, incluso cuando ocurren dentro del propio país o afectan recursos de los que dependen cotidianamente.

Un ejemplo de este efecto se observa en la pérdida de arrecifes de coral.

Aunque los corales dominicanos han mostrado signos de degradación por el aumento de la temperatura del mar y la contaminación costera, el problema suele percibirse como algo que ocurre “en otros países” o “en los océanos”, y no como una amenaza directa a la pesca, el turismo y la protección costera locales.

Esta percepción de lejanía espacial y temporal diluye la conexión entre las decisiones cotidianas —como el manejo de residuos o el consumo de especies clave— y sus efectos sobre ecosistemas cercanos.

Entre la preocupación y la inacción

Más allá de la percepción, la ciencia también ha documentado respuestas emocionales frente a la crisis ambiental. La apatía climática describe el agotamiento, la desconexión o la indiferencia que muchas personas desarrollan ante un problema que perciben como demasiado grande o fuera de su control.

En la República Dominicana, este fenómeno se observa en la reacción social frente a la repetición constante de noticias sobre sequías, escasez de agua, inundaciones, degradación de ríos o deterioro de las costas.

Aunque estos temas aparecen con frecuencia en medios y redes sociales, una parte de la población expresa cansancio o desinterés, no porque niegue el problema, sino porque lo percibe como abrumador, repetitivo o imposible de resolver.

Esta respuesta está estrechamente vinculada a la saturación informativa: la exposición continua a mensajes de crisis, sin rutas claras de acción o soluciones visibles, genera fatiga emocional y lleva a que muchas personas opten por desconectarse del tema como mecanismo de autoprotección psicológica.

Relacionado con esto aparece la disonancia ambiental, una aplicación del concepto de disonancia cognitiva formulado por el psicólogo Leon Festinger en 1957. Ocurre cuando las personas reconocen la gravedad de un problema ambiental, pero mantienen hábitos que lo agravan.

Para reducir la incomodidad interna, se recurre a justificaciones o minimizaciones que permiten sostener ambos discursos al mismo tiempo.

Un ejemplo cotidiano de esta disonancia se observa cuando se expresa preocupación por la escasez de agua, la sequía o el deterioro de los ríos, pero se mantienen consumos domésticos elevados, duchas prolongadas o usos poco eficientes del agua, bajo la idea de que el impacto individual es irrelevante o de que la responsabilidad recae únicamente en las autoridades.

En la República Dominicana, esta brecha entre preocupación y acción ha sido documentada con datos oficiales.

La Segunda Encuesta Nacional sobre Conocimiento y Percepción del Cambio Climático, realizada en 2021 por el Consejo Nacional para el Cambio Climático y Mecanismo de Desarrollo Limpio, con apoyo del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo y la articulación del Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales, y presentada en 2022, mostró que solo alrededor del 28 % de la población declaró realizar acciones ambientales frecuentes a nivel individual, pese a que una mayoría reconoce el cambio climático como una amenaza real para el país.

Otro fenómeno importante es la normalización del riesgo, que  se observa con claridad en la relación cotidiana con ríos altamente contaminados como el Ozama y el Isabela. Durante décadas, la presencia de basura flotante, descargas de aguas residuales, malos olores y afectaciones a la salud se ha vuelto parte del paisaje urbano. El deterioro no ha desaparecido, pero al hacerse permanente dejó de generar alarma sostenida. El riesgo ambiental y sanitario sigue existiendo, pero al normalizarse pierde capacidad de movilizar acción social constante o presión política proporcional a su gravedad.

Este fenómeno se refuerza con el desplazamiento de la línea base, descrito por el científico Daniel Pauly en 1995. Para generaciones que crecieron viendo estos ríos ya degradados, su estado actual se percibe como “lo normal”, sin una referencia clara de que décadas atrás eran cursos de agua más limpios, con mayor biodiversidad y usos distintos. La memoria ambiental se diluye, y con ella la percepción de pérdida. Ahí, la contaminación deja de verse como una anomalía y pasa a asumirse como una condición inherente al entorno urbano.

A quién le toca actuar

Un tercer grupo de conceptos se relaciona con cómo se asignan las responsabilidades frente a la crisis ambiental. El desplazamiento de la responsabilidad describe la tendencia a reconocer un problema, pero asumir que la solución corresponde exclusivamente a las autoridades, a los ayuntamientos o a organizaciones ambientales.

En la práctica, esto se manifiesta cuando se exige al Estado que proteja los arrecifes de coral, mientras se siguen consumiendo especies en veda o pescado capturado sin control.

También ocurre cuando se reclama la limpieza de ríos y cañadas, pero se continúa arrojando basura en drenajes pluviales o espacios públicos, bajo la idea de que “eso le toca a las autoridades”.

Relacionado con este patrón aparece el optimismo tecnológico, identificado en investigaciones desde principios de los años 2000. Este sesgo describe la creencia de que la innovación futura resolverá los problemas ambientales sin necesidad de cambiar hábitos actuales.

En el contexto dominicano, se refleja en el uso extendido de plásticos de un solo uso y envases de foam, con la expectativa de que eventualmente existirá una tecnología capaz de reciclarlo todo o neutralizar su impacto, aun cuando hoy se sabe que gran parte de estos residuos termina en ríos, playas y ecosistemas marinos.

Finalmente, la tragedia de los comunes, formulada por Garrett Hardin en 1968, explica cómo los recursos compartidos tienden a degradarse cuando cada actor actúa en función de su beneficio inmediato, bajo la lógica de que “si yo no lo hago, otro lo hará”. Ninguna acción individual parece decisiva, pero la suma de todas conduce al colapso del recurso.

Este fenómeno puede observarse en escenarios locales como la sobrepesca costera, la extracción ilegal de arena o la ocupación progresiva de áreas protegidas, donde cada intervención aislada parece menor, pero en conjunto fragmenta ecosistemas completos.

Cuando los sesgos alcanzan la toma de decisiones

Estos patrones no se limitan a las conductas individuales. También pueden observarse en figuras públicas y en escenarios de formulación de políticas.

En 2025, el senador dominicano Ramón Rogelio Genao fue criticado tras difundirse imágenes en las que aparecía con masa de cangrejo durante su período de veda, una práctica prohibida por la normativa ambiental. Ante las críticas, el legislador defendió su actuación, un ejemplo de cómo la reinterpretación de las normas o el desplazamiento de la responsabilidad puede aparecer incluso en quienes legislan.

Otro caso ocurrió en 2018, cuando el entonces ministro de Medio Ambiente, Ángel Estévez, promovió la siembra de aguacate dentro del Parque Nacional Valle Nuevo, una iniciativa basada en convicciones personales que generó cuestionamientos por contradecir los principios de protección estricta que rigen las áreas protegidas.

A ello se suma el caso recurrente de las Dunas de Baní, un Monumento Natural donde se han documentado tala, desmontes, extracción de arena y otras actividades ilegales, muchas veces facilitadas por la aplicación laxa de la normativa o por vacíos en la gestión institucional.

Buenas intenciones, consecuencias invisibles

En la vida real, estos sesgos y patrones psicológicos rara vez actúan de forma aislada. Con frecuencia se superponen y se refuerzan entre sí en una misma conducta cotidiana, combinando percepción, emoción y justificación hasta producir efectos que no siempre son evidentes para quien actúa.

Un caso ilustrativo es el de un ciudadano en Santo Domingo que alimenta de forma habitual a los pericos de la Española en su balcón, convencido de que está ayudando a la especie y que además cuenta con un amplio apoyo social y mediático.

Este comportamiento concentra varios de los conceptos descritos: el sesgo de carisma, al tratarse de un ave vistosa y cercana; la disonancia ambiental, al justificar una práctica que sabe que no es adecuada para la vida silvestre; y la distancia psicológica, al no percibir con claridad sus consecuencias a largo plazo.

Al acostumbrar a los pericos al contacto humano y a una fuente artificial de alimento, estos pierden comportamientos naturales, se vuelven más vulnerables a capturas o daños, pueden desarrollar dependencia alimentaria y alterar su dinámica poblacional. A ello se suma el riesgo sanitario, tanto para las aves como para la persona, por la posible transmisión de enfermedades.

El ejemplo muestra cómo una acción bienintencionada puede terminar afectando negativamente a la fauna silvestre y al mismo ser humano.

Mirar los filtros para cambiar la relación

Reconocer estos filtros no implica culpabilizar a las personas, sino entender mejor cómo se construyen las decisiones individuales y colectivas frente al medio ambiente.

  • En un país diverso y vulnerable como la República Dominicana, comprender por qué algunas especies despiertan empatía y otras rechazo, o por qué la preocupación no siempre se traduce en acción, puede ser tan importante como los datos científicos sobre el deterioro ambiental.

En conjunto, estos sesgos describen distintas formas en que la sociedad aprende a convivir con un entorno cada vez más deteriorado, hasta que ese deterioro deja de percibirse como una anomalía. Mirarlos de frente es un primer paso para dejar de normalizar el daño y empezar a revertirlo.

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